jueves, 29 de diciembre de 2016

NAVIDAD ES AMOR


En esta octava de la Navidad, tenemos como centro de nuestra Comunidad monástica a Jesucristo, el Verbo encarnado. Le damos gracias al Padre, porque nos amó tanto que nos dio a su Hijo Unigénito. Jesús, hecho niño-ternura, ha traído al mundo el AMOR DE TODO UN DIOS. Él, ha venido para decirnos que Dios nos ama con AMOR INFINITO y que nosotros debemos amar a los demás, y no quedaremos defraudados, porque “hay más alegría en dar que en recibir”. Por eso nosotras, monjas cistercienses, hemos consagrado nuestras vidas por “amor a Él y a los hermanos”, viviendo el don de la vocación en el carisma cisterciense: dando esplendor a la Liturgia de las Horas (oración oficial de la Iglesia), y acogiendo a los que se acercan a nuestro Monasterio (hospitalidad). Agradecemos a María, el haber aceptado ser la Madre de Dios. En estos días de  “Paz y Amor”, que el Padre nos manifiesta al darnos a tu Hijo, le pedimos que bendiga abundantemente a todos los hombres, y de manera muy especial a los que sufren por cualquier causa.


viernes, 7 de octubre de 2016

XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO -C-



      “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Así se dirigió a Jesús un grupo de leprosos que, por razón de su enfermedad, vivían marginados de la familia, de la sociedad, y del culto religioso, movidos por la esperanza de obtener su curación. Su plegaria expresa de algún modo una fe inicial en el poder de Jesús, y no cae en el vacío, aunque el milagro no tenga lugar inmediatamente. Jesús, por toda respuesta, se limita a enviarlos al sacerdote, a quien correspondía dictaminar, según la ley, la presencia o ausencia de la lepra. Aquellos hombres se fían de la palabra de Jesús, y con la enfermedad aún a cuestas, pero con el corazón henchido de esperanza, se ponen en camino. Su fe alcanza lo que ansiaban y durante el viaje quedan curados de su dolencia.

            Los enfermos curados eran diez y el milagro ha sido el mismo para todos. Pero el evangelista hace notar que nueve de ellos, que eran judíos, entienden su curación desde la perspectiva de la ley: Jesús les ha enviado a los sacerdotes como pedía la ley, y después sabrán anunciar a todos el beneficio recibido de la salud. Estos nueve han tenido la fuerza moral de pedir y obtener un milagro, mostrando su fe y su confianza. Pero les falta la fineza de espíritu para mostrarse agradecidos con quien les ha curado gratuitamente.

            En cambio, el décimo, que era samaritano, un extranjero, al darse cuenta de haber quedado limpio vuelve para dar gloria a Dios. Éste, como los otros nueve, había venido a Jesús para obtener su curación, como los demás creyó en la palabra de Jesús y emprendió el camino para presentarse a los sacerdotes, pero a diferencia de los otros nueve, una vez curado, se siente obligado a volver sobre sus pasos para prostrarse ante Jesús y proclamar la misericordia de Dios. En su curación palpa el amor infinito de Dios, y un corazón que hace esta experiencia no puede dejar de alabar y dar gracias sin límites.

            Este episodio ayuda a penetrar de alguna manera en la intimidad de Jesús y sentir la fuerza de sus sentimientos. Jesús ha actuado movido por su misericordia hacia los hombres y no queda infdiferente ante el comportamientos de quienes son objeto de su favor. En este caso experimenta la ingratitud de los nueve, como deja entrever la pregunta que formula a los presentes, al presentarse el samaritano: “¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extrajero para dar gloria a Dios?”. Jesús es  sensible a la amistad, al afecto, al amor de las personas, y también vulnerable ante el olvido, la ingratitud y las ofensas. Esta sensibilidad de Jesús confirma su condición de hombre y permite valorar la la grandeza de lo que supone la entrega a su pasión y a su muerte.

            “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”. El samaritano no ha sido solamente curado de la lepra: se ha acercado a Jesús. Jesús ha venido para acercar a Dios al hombre que se había apartado, para hacerle partícipe de la misma vida divina. Dice al samaritano: “Levántate, vete”: es la invitación que Jesús hace al samaritano y en él a todos nosotros para que le sigamos, en su subida hasta la cruz. El samaritano del evangelio, como Naamán el sirio de la primera lectura han creído, los dos han tenido fe y han obtenido en primer lugar la curación externa de su lepra, y en segundo lugar la purificación del espíritu, el reconocimiento de la acción divina que les hace entrar en el camino de la salvación.


            Para nosotros es importante fijarnos bien en los dos tipos de fe que muestra el episodio de la curación de los diez leprosos: La fe común a los diez leprosos, que les impulsa a implorar a Jesús capaz de curarlos, y la fe propia del samaritano, el cual, al constatar que ha sido curado gratuitamente, no duda en volver sobre sus pasos y de acercarse de nuevo a Jesús para postrarse a sus pies, dando gracias y alabando a Dios. Como el samaritanos volvamos hacia Jesús, para vivir con él y como él, aceptando con él la cruz, para poder reinar con él para siempre.