viernes, 21 de septiembre de 2012

EL CRISTIANO TEMPLO DEL ESPÍRITU

“EL CRISTIANO TEMPLO DE LA GLORIA DEL ESPÍRITU DE DIOS SEGÚN LA PRIMERA CARTA DE SAN PEDRO” (4, 14)


INTRODUCCIÓN

“Continuidad perfecta entre el AT y NT por lo que a la doctrina del Espíritu Santo se refiere”.

            En el origen del Pueblo elegido, el Espíritu de Dios no se reveló como Persona, sino como una fuerza divina que transforma personalidades humanas, para hacerlas capaces de gestos excepcionales que van siempre destinados a confirmar al pueblo en su vacación, a hacerlo servidor y asociado del Dios Santo. El Espíritu venido de Dios y orientado hacia Dios, es un Espíritu Santo. Venido del Dios de Israel y consagrando a Israel al Dios de la Alianza. El Espíritu es santificador. Esta acción y revelación se afirma conforme a tres líneas: la línea mesiánica de la salvación; la línea profética de la palabra y del testimonio; la línea sacrificial del servicio y de la consagración. Según estas tres líneas el pueblo entero de Israel es llamado a recibir el Espíritu.

            De un extremo a otro del AT, el Espíritu y la Palabra de Dios no dejan de actuar conjuntamente. Si el Mesías puede observar la ley dada por Dios a Moisés y realizar la justicia es porque tiene el Espíritu; si el Siervo puede llevar a las naciones la Palabra de salvación es porque el Espíritu reposa sobre Él; si Israel es capaz de adherirse un día en su corazón a esta Palabra, lo será en el Espíritu. Estas dos potencias aunque inseparables, tienen rasgos muy distintos. La Palabra penetra de fuera; el Espíritu es fluido y se infiltra insensiblemente, La Palabra se deja oír y conocer; el Espíritu permanece invisible. La Palabra es revelación; el Espíritu, transformación interior. La Palabra se yergue en pie, subsiste; el Espíritu desciende, se derrama, sumerge. 

            Esta repartición se funciones y su necesaria asociación, vuelven a hallarse en el NT: La Palabra de Dios hecha carne por el Espíritu, no hace nada sin el Espíritu, y la consumación de su obra es don del Espíritu.

“TEXTO ORIGINAL DE ISAÍAS 2, 2, QUE CITA SAN PEDRO EN 4, 14”

A) El Espíritu de Dios en el AT y en éste pasaje en concreto.

            En los textos más antiguos está descrito como produciendo efectos psíquicos prodigiosos, pero pasajeros, en dos categorías de hombres: los guerreros destinados a salvar a Israel, y los neviim, cuya exaltación y oráculos se atribuyen particularmente al Espíritu de Dios que los invade. Sansón; Otoniel (3, 10); Gedeón (6, 34); Yefté (2, 29). Son arrebatados en éxtasis los profetas (1 Sam 10, 15-13; 19, 20-24; 1 Re 22, 10-12); los ancianos (Núm 2, 25); los mensajeros de Saúl y él mismo (1 Sam 10,10; 19, 19-24). 

            Otros textos describen la acción del Espíritu como una fuente permanente comunicada al hombre por razón de un oficio o misión particular. Moisés (Núm 2, 17. 25); Josué (Núm 27, 18; Dt 34, 9); David (1 Sam 16, 13); Elías (2 Re 2, 9). 

            Los grandes profetas, excepto Ezequiel, no alegan el Espíritu sino la palabra, para acreditar su misión. Igual cuando se estableció la realeza hereditaria; no se vuelve a tratar del Espíritu de Yavé conferido a los reyes; pues 1 Sam 16, 12 y 2 Sam 23, 2, que atribuyen a David la posesión permanente del Espíritu, son pasajes más recientes que consideran a David como profeta. Isaías 2, 2, lo atribuye al rey mesiánico del Siervo de Yavé  (Is 42, 13). 

            Entre todos los escritores del AT, el teólogo del Espíritu de Yavé es Isaías. Los otros profetas anteriores al Exilio son muy reservados en este sentido, sin duda a causa del carácter extremista de las manifestaciones extáticas de los antiguos neviim, especie religiosa extinguida con la desaparición del Reino del Norte, donde principalmente proliferó. El oráculo de Isaías (2, 2) es contemporáneo o tal vez posterior a la caída de Samaría ya que parece claro que sufrió la influencia de los levitas del Norte refugiados en Jerusalén. 

            Isaías en la primera parte de su libro (cc 1-39) dedica bastantes de sus textos al Espíritu de Yavé; aunque  nunca dice expresamente que Dios sea Espíritu, ni que el Espíritu sea Yavé mismo, pero en el 30,1, las expresiones “Sin mi y sin mi Espíritu”, son paralelas. Dios es por tanto Espíritu, es algo divino. El Espíritu es algo opuesto a la carne (al hombre). El Espíritu no es otra cosa que Yavé actuando en el hombre.


B) La efusión del Espíritu para la era mesiánica: -perspectiva individual mesiánica

            El mesianismo en Israel se desarrolló a partir de la institución de la monarquía. El Mesías o el Ungido, era primordialmente el rey. Sobre la base de la profecía de Natán (2 Sam 7), el elemento que la tradición judía consideró primordial en el Mesías escatológico fue su ascendencia davídica. Isaías en el oráculo 2, 1-9, es el primero que profetiza para el Mesías, la plena posesión del Espíritu. Mesías será rey davídico y profeta o también hombre de espíritu. 

            En ese Mesías excepcionalmente habitado por el Espíritu, se hallarán todos los dones del Espíritu divino: la fidelidad de Abraham, la paciencia de Jeremías, la energía de Moisés, la valentía de David, la sabiduría de Salomón; estos dones abrirán para el país así gobernado una era de dicha y de santidad. 

            El carácter profético anunciador de la palabra y del juicio manifestado en el Mesías de Isaías, se afirma plenamente en el Siervo de Yavé, ya que Dios ha puesto sobre Él, Su Espíritu: el Siervo anuncia la justicia a las naciones (Is 42, 1); el profeta es quien anuncia la justicia pero el rey es quine la establece. El siervo por sus “sufrimientos” justificará alas multitudes (53, 2), es decir, las establecerá en la justicia, su misión tiene pues, algo de regio. Tareas proféticas y tareas mesiánicas se dan simultáneas, realizadas por el mismo Espíritu. Como por otra parte el Siervo es aquel en quine “Dios se complace” (Is 42, 1), el placer que aguarda de los sacrificios que le son debidos es toda la  vida y la muerte de Su Siervo: que le son agradables y santos a Dios. Expiación por los pecadores, salvación de las multitudes. El Espíritu Santo es santificador.  

-Perspectiva colectivo-mesiánica-.

            La acción del Espíritu en los profetas y en los servidores de Dios es en sí misma profética; anuncia su efusión sobre el pueblo entero, semejante a la lluvia que vuelve la vida a la tierra sedienta (Is  32, 5; 44, 3; Ez 36, 25). Era preciso que el Espíritu hiciera nuevas criaturas soplando sobre aquel montón de osamentas disecadas (Ez 37). Esta efusión del Espíritu es como una creación nueva, el advenimiento de un país renovado en el derecho  y en la justicia (Is 32, 15). El advenimiento en los corazones transformados de una sensibilidad receptiva a la voz de Dios, de una fidelidad espontánea a Su Palabra (Is 59, 21) y a Su Alianza (Ez 36, 27), del sentido de súplica (Zac 12, 10) y de la alabanza (Sal 51, 17). Israel regenerado por el Espíritu  reconocerá a su Dios y Dios volverá a hablar a Su pueblo (Ez 39, 29).
            Todo esto no  es todavía más que una esperanza. En el AT el Espíritu no puede permanecer o morar pues aún no ha sido dado (Jn 7, 39). Sin duda, se sabe que en los orígenes del pueblo, Dios actuaba ya en Moisés y llevaba  a Israel a lugar de su reposo, pero se ve que también el pueblo es todavía capaz de contristar al Espíritu Santo (Is 63, 10) y de paralizar Su acción. Para que el don  venga a ser total y definitivo es preciso que Dios haga un gesto inaudito, que intervenga en persona. Los cielos abiertos y un Dios Padre, un Dios que baja a la tierra; corazones convertidos, tal será la obra del Espíritu Santo, Su manifestación definitiva en Jesucristo. 

C) La teología de los reposos divinos elaborada ya en tiempo de Isaías. Perspectiva propia del oráculo 2, 1-9.

            “El Espíritu de Yavé descansa”, es un antropomorfismo. El Espíritu, como la Palabra de Yavé no salen de Él en vano, proceden para realizar una acción que alcanzará inexorablemente su término. Esta expresión antropomórfica “descansar-reposar”, en Isaías debe ser explicado a base de los diversos reposos de Dios, formulados ya en la época del profeta. 

            Isaías utiliza la tipología de la creación, la del Éxodo con la posesión de la Tierra Prometida; y la de Jerusalén como morada de Dios. Tres ideas a partir de las cuales podrá explicarse la expresión “el Espíritu de Yavé descansará”. En el lenguaje teológico de su época se expresaba ya con la metáfora del “reposo de Dios” la consecución definitiva de estas tres metas que se habían propuesto para alcanzar a Dios: meta de la creación, conseguida no obstante la irrupción del pecado; meta de la elección y constitución de Israel, también lograda a pesar de las infidelidades del pueblo; meta de la elección de Jerusalén, con sus dos aspectos complementarios (dinastía davídica como celadora del monoteísmo y del culto; templo como lugar único del verdadero culto), conseguida pese a las apostasías de algunos reyes y contaminaciones idolátricas del pueblo y del santuario. 

            El profeta describe la era mesiánica como una recapitulación o repetición por Dios de aquellos hechos primeros. En ellos se basa como trampolín para lanzarse a la descripción de cuál será la obra de Dios en el Mesías. 

-“Reposo sabático del Espíritu de Dios tras una creación renovada”.

            Los críticos están de acuerdo en afirmar que Isaías 2, 1-9, describe la era mesiánica, sirviéndose de los rasgos del relato de la creación. En efecto, el profeta se abre con una imagen que evoca la “desolación vegetal”, en la misma línea está la desolación desértica en Isaías 32, 15-18.20. El desierto es la imagen de la que se sirve el Yavista para describe el caos original, sobre el que trabaja la acción creadora de Yavé.

            En Isaías 2, 1 se dice: “de la raíz de Jesé saldrá un retoño”, y paralelamente en Isaías 14, 29 dice: “de la raíz de la serpiente saldrá un basilisco”. Se oponen pues la descendencia de la serpiente y la descendencia de David, como en Gén 2, 15. El retoño de Jesé es evidentemente un nuevo David, pero los rasgos con que está descrito evocan también al rey del paraíso, el primer hombre.

            En Is 2, 6-8, evoca las narraciones de Gén 3-4. La rebeldía del hombre contra Dios había roto la armonía entre el hombre y la naturaleza (Gén 3, 17-19) y entre hombre y hombre (Gén 4). Por el contrario, la era mesiánica –aportando el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios- establecía la paz que trae como consecuencia la fertilidad de la tierra (Am 9, 13-14; Os 2, 23-24), el desarme general (Is 2, 4) y la paz perpetua (9, 6). Temas todos estos densamente unidos en Is 2, 6-8, donde se describe la era mesiánica como un retorno a la paz del paraíso. 

            Estas tres afinidades de la profecía de Isaías con el relato  “Yavista” de la creación justifican el paralelismo entre el Espíritu de Yavé (Gén 2, 7) que se infunde en el cuerpo inerte del primer hombre para hacerlo “ser viviente”, y el Espíritu de Yavé infundido en le tronco exánime de la dinastía davídica (Is 2, 2). Es cierto que Génesis 2, 7 no habla de “ruaj Yavé”, sino de “mismat hayyim”, pero el Salmo 104, 29-30 que interpreta a Gén 2, 7, recoje una tradición que hace una trasposición de “mesamah en ruaj”. Hemos estudiado los contactos ente Is 2, 1-9 y el relato Yavista de la creación, sin aludir al reposo sabático que se tomó Dios tras haber creado al hombre “por su Espíritu”; reposos sabático que habrá servido al profeta para sugerir la idea de un futuro reposo del Espíritu de Yavé en la edad mesiánica. Pues así como la creación del hombre aparece como término de toda la obra creadora, así el Mesías es el término de toda la acción del Espíritu en los profetas. Pero se puede conjeturar con fundamento que la idea del reposo sabático se formuló antes en función del Éxodo y de la creación. Pues aquí, el sábado renovaba cada semana el acontecimiento de la liberación del pueblo israelita; era en un sentido rudimentario, una especie de pascua semanal. La promulgación de la Ley en el Sinaí  está también vinculada a este ciclo semanal. Durante seis días la gloria de Yavé se posa impenetrable sobre la cumbre del Sinaí; el séptimo día Yavé llama a Moisés desde la nube (Ex 24, 16). Pero la observancia del sábado fue muy antigua en Israel, y parece que fueron diversos los acontecimientos históricos-teológicos que conmemoraban diversas épocas. Es posible que sólo la tradición sacerdotal haría el sábado en función de la creación, mientras que las tradiciones más antiguas lo consideraban en función del Éxodo. 

            La intervención divina en Ex 35-40, es presentada como una renovación de la primera creación. Estos capítulos evocan los primeros del Génesis. Ambas intervenciones culminan en un sábado o reposo de Dios, ejemplo para los israelitas que son invitados a entrar a participar del reposo divino. Incluso el sábado será considerado como una figura del siglo futuro, que es solo sábado y reposo. 

-“Reposo del Espíritu de Yavé en la Tierra Prometida”.

            Son muy abundantes los textos en que ya desde antiguo, se describe la Tierra Prometida como lugar típico de “reposo” de Israel (Ex 33, 14; Dt 3, 20; Jos 1, 13-15; 22, 4; 23, 1, etc.). Pero en la Sagrada Escritura no es sólo el lugar típico de descanso para los israelitas; se dice serlo también de Dios: “No entrarán en mi descanso” (Sal 95, 2). El pueblo en éxodo hacia la Tierra Prometida es acaudillado por un ángel de Dios (14, 19). La identificación de este ángel con el mismo Yavé está realizada en el Salmo 77, 21. Y es notable que un paralelo de este salmo con Is 63, 2-15, por dos veces atribuye el Éxodo a la acción del Espíritu de Yavé que es quien conduce al pueblo al reposo. 

            Tenemos así que una parte de la tradición israelita reconoce al Espíritu como guía del pueblo en su marcha hacia la Tierra Prometida, lugar de reposo para el pueblo y para el mismo Dios; la época anterior a la plena posesión es tiempo de trabajo y esfuerzo para el Espíritu de Yavé. 

-“Reposo del Espíritu en Jerusalén y el Templo mesiánico”.

            La teología de la elección de Jerusalén como centro religiosos del judaísmo, con sus dos aspectos complementarios –dinastía davídica y Templo- estaba ya elaborada al tiempo de Isaías. El capítulo 2 habla de la exaltación escatológica de la montaña del Templo de Yavé, Jerusalén (v. 3); el c.6 nos describe a Yavé presente en el santuario; y el capítulo 2 nos habla de la dinastía davídica. 

            La tradición antigua coloca el Jordán de Dios sobre la montaña santa (Ez 28, 14). En Is 2, 3, se da también a la colina del Templo, el nombre de “montaña santa”. Esta identidad de expresiones autoriza a concluir que ya para Isaías, Jerusalén fue emplazamiento del paraíso. 

              La Biblia entera se estructura en períodos sucesivos conforme a esta constante histórica: “creación-destrucción” o “pecado-recreación”. Los profetas no son pesimistas ante el destino del hombre: si el paraíso había cedido el puesto al infierno, la esperanza de retornar a aquella condición primera, existe. Esta visión del nuevo paraíso es la que aparece en el capítulo 2 Isaías. 

            Tras cada intervención de Dios al restaurar el orden primero está latente la idea de un reposo divino que designa en algunos textos con el verbo “nuaj”. Es así que la elección de Jerusalén es considerada por el profeta como la constitución del nuevo paraíso. 

            El Edén culminó la primera creación (Gén 28), como la conquista de Jerusalén culmina la nueva creación que es la Tierra Prometida. Pero el Jardín del Edén-Jerusalén es el hombre fiel o prevaricador que alegra o contrista a Yavé. La idea de la nueva Jerusalén ligada al concepto de la nueva creación fue constante en la tradición judía y la heredó el Nuevo Testamento (Ap 21, 1-4). En Is 2, se describe la vuelta al paraíso, cuyo emplazamiento se atribuía a Jerusalén: “Edén-Jerusalén”, “Adán-Judaísmo-Mesías”. Se puede imaginar el “reposo” del Espíritu de Yavé en función de estos conceptos: el Espíritu de Dios reposa en el Mesías, Paraíso y Jerusalén viviente.

            La idea de que el Espíritu de Yavé reposara o habitara en el Templo de Jerusalén es desconocida en el Antiguo Testamento. Quien toma posesión del Templo y reside en él es la “Gloria” (Kabod) de Yavé. Sin embargo, hay tres expresiones en las tradiciones del Éxodo (Nube de fuego, Ángel de Yavé, Espíritu de Yavé) a las que atribuye el caudillaje del pueblo a través del desierto. En base a esta nueva transposición de conceptos podemos ver en la misteriosa nube que toma posesión del Tabernáculo (Ex 4, 34-38) y el Templo (1 Re  8, 10-12) una expresión sinónima del Espíritu de Yavé. Este paralelismo entre nube y Espíritu de Yavé se acentúa en Núm 2, 2. 

            Tal vez la razón del por qué el AT no concibe la presencia de Yavé en el Templo, en función del Espíritu, sería porque la concepción que tenían del Templo era, un lugar determinado, el único de la Tierra, donde está presente la Gloria y la Presencia de Yavé, mientras que el Espíritu no está ligado a un lugar, sino a las personas. Ambos conceptos (Templo y Espíritu de Dios) se fusionaron en el NT, cuando la concepción ritualista del Templo cede el puesto a la ideología que en cierto modo fue la primitiva del pueblo de Israel: “Dios habita entre los hombres” (Ex 25, 8; Núm 35, 34). Mejor aún, Dios y Su Espíritu habitan entre los hombres mismos, como en templos vivos. Otra razón por la que el Templo no se consideró particularmente en función del Espíritu de Yavé, es porque la idea de una permanencia continua del Espíritu está muy poco desarrollada. La acción del Espíritu de Yavé se consideró casi siempre como transitoria. 

            Por lo que respecta al texto de Is 2, se puede decir que es uno de los que mejor esbozan la idea cristiana de que Cristo (y los fieles) es Templo vivo de Dios. Al final de esta profecía (2, 9) se ve clara una concepción universalizadora que extiende a toda la tierra, un modo de presencia divina, análogo al que también se describe en Is 40, 5. Ahora bien, esa santidad que se difunde desde Jerusalén sobre toda la tierra, actuando la presencia divina, es obra del Espíritu a través del Mesías. 

            Para completar la panorámica de la presencia de Dios en Jerusalén y su Templo, es necesario señalar la elección de la dinastía davídica. Pues el tránsito de la realeza de Saúl  a David está señalado por el hecho de que el Espíritu abandona a Saúl (1 Sam 16, 14). Al final de sus días, David puede afirmar que el Espíritu de Yavé ha hablado por él (2 Sam 23, 2). Sin embargo, tanto en Saúl como en David este carisma del Espíritu aparece más bien como un fenómeno profético que como una atribución propia de la monarquía (1Sam 23, 2). Si 2 Sam 23, 2, atribuye la posesión del Espíritu como habitual en David es porque fue considerado como “rey-profeta”. La presencia del Espíritu no aparece entre las prerrogativas de los demás reyes que heredan la corona, pero no son elegidos libremente por el Espíritu como los Jueces y David. 

            La figura del Mesías fue diseñándose en el AT con rasgos de las instituciones sagradas de Israel: Rey-Sacerdote-Profeta. Realeza y sacerdocio se constituían en Israel por dos elementos esenciales: ascendencia davídica o aarónica y unción. El profetismo no fue hereditario, se constituía por el hecho de serle dirigida la palabra de Yavé a alguna persona particularmente; posteriormente la palabra de Yavé fue sustituida por el concepto del Espíritu, como causa que suscitaba los profetas. En el oráculo 2, 1-9, no hay todavía ningún rasgo que haga presagiar al Mesías como sacerdote. Se describe principalmente como rey ideal, en quien la dinastía davídica alcanzaría si mejor expresión. La mención del Espíritu en este oráculo sugiere que el Mesías será también profeta, como Moisés (Núm 2, 25) y como David. 

            La aparición del Mesías es la obra divina por excelencia que recapitula y supera todas las anteriores intervenciones de Dios en la Historia de Israel y del mundo; en el Antiguo y en el Nuevo Testamento se utiliza la tipología de la creación, del Éxodo y conquista de la Tierra, de la elección de David; Jerusalén y el Templo para describir la era mesiánica. Si cada una de esas etapas está marcada por un reposo divino, la acción cumbre de Dios será seguida por un “reposo definitivo”. En el NT la idea antigua del “reposo del Espíritu” se cambiará parcialmente en la equivalente “morada o templo del Espíritu” (inhabitación).

“PRINCIPALES TRANSFORMACIONES INTRODUCIDAS POR SAN PEDRO”

A) Sentido personal trinitario de la expresión “Espíritu de Dios”.

            San pedro no pudo conservar el oráculo profético en toda su integridad (Is 2, 2). Se vio forzado a introducir un cambio: donde el profeta dijo: El Espíritu de Dios descansará sobre él” (el Mesías), el Apóstol transforma: “El Espíritu de Dios descansará sobre vosotros” (los cristianos). Esta transformación por la que se aplican a todos los cristianos unas palabras profetizadas para solo el Mesías es de gran importancia doctrinal, pese a que haya pasado desapercibida esta cita transformante a los comentaristas del c. 2 de Isaías y a los teólogos el Espíritu Santo. 

            Es aquí, en este pasaje de San Pedro (1 Pe 4, 14), donde el sentido  impreciso del “Espíritu de Yavé”, mesiánico, se ha trocado en el Espíritu Sant de la era cristiana, y se hace favorable a la interpretación trinitaria. 

            San Pedro en su Primera Carta, menciona cuatro veces al Espíritu Santo: 1, 2. 12; 4,14. Ya en su encabezamiento se dirige  a los lectores como “elegidos según la presencia de Dios Padre, en la santificación del Espíritu, para obedecer y para recibir la aspersión de la sangre de Jesucristo”. Es esta una de las fórmulas trinitarias más claras del NT. Habla de la acción santificadora del Espíritu en el interior de cada fiel. El cristiano se mueve en Cristo como  en el ambiente santificado por la presencia del Espíritu y es principalmente santo por la obra de Este en él, en su interior. 

            La sección 1 Pe 1, 3-12, viene presentado por un himno cuyo esquema trinitario está muy acentuado: Dios (Padre), autor del nuevo nacimiento (v. 3-5). Jesucristo, objeto de nuestro amor y de nuestra fe (v. 6-9). Espíritu Santo, inspirador de los profetas (v. 10-12).

            La acción que aquí se atribuye al Espíritu Santo es la de inspirar a los profetas del AT y a los Apóstoles del Nuevo. Este pasaje expresa gráficamente la continuidad del mensaje entre los antiguos y los nuevos profetas. Es un caso típico para identificar el Espíritu de Yavé que habló a los profetas del AT, con el Espíritu Santo, activo también en la Iglesia Apostólica.

            El Espíritu Santo se designa aquí como Persona en un contexto trinitario. Ya en Hebreos 3, 7; 9, 8; 10, 15; 2 Pe 1, 21, se identifica como el antiguo Espíritu de Yavé. Es designado también como “Espíritu de Cristo” (o porque se ocupó de predecir Su venida o porque de Cristo se difunde sobre los profetas y apóstoles). Para los autores del NT, el Antiguo estaba lleno de la Persona de Cristo; para ellos, sin duda alguna, era Cristo quien hablaba por medio de los profetas y apóstoles. Hasta tal punto que para el autor de esta Carta, los antiguos profetas estaban movidos por el espíritu de Cristo, el Espíritu que anunciaba la venida de Cristo. Entre los múltiples aspectos de la Persona de Cristo el autor se fija con predilección en “Su pasión” camino y condición de Su gloria posterior. Esto lo anunciaron los profetas y ahora lo evangelizan los apóstoles. El díptico “padecimiento-gloria” es característico de la Primera Carta de Pedro (1, 2; 4, 13; 5, 1); y es una de las ideas fundamentales para entender 4, 14. En ambos pasajes se hace mención del Espíritu Santo: en 1, 2 como que inspiró a los profetas la predicción de los sufrimientos de Cristo y Su gloria posterior (el cumplimiento de estas profecías  lo anuncian los apóstoles con la asistencia del Espíritu Santo), y en 4, 14, el Espíritu Santo da al cristino –cuya vida es una prolongación de la de Cristo- la fortaleza necesaria para soportar sufrimientos análogos, es la garantía de la gloria futura que esperamos participar con Cristo. 

            Después de haber visto la doctrina sobre el Espíritu Santo en el interior de la 1 Carta de San Pedro expresada claramente en fórmulas (1, 2. 12) o contextos trinitarios, parece que hay suficientes elementos de juicio para saber si en 4, 14, la expresión se utiliza como en el texto original de Isaías que se cita, en el sentido de fuerza divina impersonal o más bien en sentido cristiano trinitario. Católicos y protestantes están de acuerdo en admitir el uso de la fórmula sen sentido personal. Se discute si el versículo está estructurado conforme a un esquema trinitario con mención expresa de las Tres Divinas Personas. Ciertamente menciona dos: Jesucristo y el Espíritu de Dios; pero cabe preguntarse si el “Espíritu de Dios” es puro sinónimo del “Espíritu Santo” o más bien expresa el Espíritu que procede del Padre, con lo cual obtendríamos la fórmula trinitaria completa: Dios (Padre, origen y dispensador del Espíritu); Jesucristo y el Espíritu. 

            El Espíritu de Dios en todo el AT, se presenta como una fuerza que procede de Dios. El Nuevo, sin debilitar en nada la idea de procedencia divina, lo concreta  en el sentido de ver una Persona divina en el antiguo Espíritu de Yavé; por eso la mención del Padre (si es que es permitido ver al Padre en Yavé) está implícita siempre en la expresión “Espíritu de Yavé”. Si en Yavé vemos la Trinidad cristiana, Espíritu de Yavé significa Espíritu Divino, Espíritu que es también de Dios. 

No es muy abundante la doctrina sobre el Espíritu Santo en la Primera Carta de San Pedro, pero en ella está este pasaje del NT (4, 14) más en la línea del Profeta Isaías  que permaneciendo fiel. Sin cambiar en nada su ideología y vocabulario, se enriquece;  aporta sentido trinitario, idea de inhabitación del Espíritu, efusión mesiánico-colectiva. Una filigrana de fidelidad y transformación con el mínimo de cambios.

B) La introducción de la gloria de Dios que mora también en los cristianos.

Ya desde el origen del pueblo de Dios, el lugar en que se hace presente la “Gloria de Yavé”, en su deseo de habitar entre los israelitas, es en la tienda del desierto, en la nube (Ex 4, 34-35)  o más tarde en el Templo de Salomón (2 Cr 5, 5; 6, 1-2; 4, 42). Esta Gloria abandona a Jerusalén antes de la destrucción (Ez 2, 22-25; 10, 18-22) y retorna para siempre al Templo idealizado que describe Ezequiel (43, 1-9).

En el alma de todo israelita surgía espontánea la evocación del Templo de Jerusalén al hablar de la Gloria de Yavé. San Pedro en su Primera Carta habría intentado introducir y yuxtaponer a la cita de Isaías (2, 2) la idea de que el cristiano es una especie de “templo” en que la Gloria y el Espíritu residen. Probablemente tenía presentes a sus lectores cristianos- judíos, familiarizados con estos conceptos de la religión revelada. 

Algunos rabinos llegaron a afirmar que aun en el caso en que todos los exiliados hubieran vuelto a Jerusalén, la Gloria de Dios no habría vuelto al segundo templo. A partir de estas ideas, la presencia de Dios en Israel fue espiritualizándose hasta el punto de que cuando fue la destrucción de Jerusalén y el Templo por Tito, los rabinos afirman que el Espíritu de Yavé no ha abandonado a Israel: el estudio de la Torá, la oración y las buenas obras lo hacen presente mientras que el pecado lo aleja. El P. Lagrange se pregunta si los rabinos no llegaron a la idea de una penetración de Dios en el alma. Ciertamente esta idea parece estar latente en 1 Pe 4, 14.

En este texto de San Pedro, dos ideas (presencia de Dios y presencia del Espíritu) se yuxtaponen y se compenetran. La mención de la Gloria (que residía en el Tempo de Jerusalén y ahora en el alma de los fieles), prueba que en la mente del Apóstol también el Espíritu reside en los fieles como en un templo. 

            En conclusión, la presencia de Dios en medio de Su pueblo está ordenada a su manifestación (escatológica), pasando un período de incubación (presente). La Gloria y el legítimo orgullo de Israel era esta presencia. En el nuevo Israel, Dios reside, no tanto en templos materiales (Mc 15, 29) cuanto en los humildes, en los corazones puros, en los perseguidos por Su Nombre. Este es el verdadero Templo de Su Gloria, donde hoy reside y más tarde se manifestará sin veladuras. 

Para San Pedro, la Gloria de Dios es ya la Gloria de Cristo (4,2) que pronto será revelada en su majestad. Entre tanto, Su presencia descansa en la Iglesia perseguida como descansó en el Tabernáculo y el Templo. Junto con la Gloria reposa también el Espíritu de Dios que no está plenamente identificado con ella, ni completamente diferenciado de ella. 

C) La perspectiva individual se completa con la perspectiva colectiva.

El cambio introducido por San Pedro en la cita de Isaías 2, 2, no puede explicarse como si el Apóstol entendiera la profecía original en sentido colectivo, es decir, que el profeta hubiera hablado refiriéndose directamente al pueblo mesiánico y no a la Persona del Mesías individual. Se trata simplemente de una cita no literal, sino inspiradamente transformada. Ni siquiera se puede decir que el Apóstol cambie del todo la perspectiva propia de texto de Isaías. En éste como en otros pasajes de la Biblia, late el problema de la íntima unión entre el Mesías y Su pueblo. Y casi no se debería trazar una línea divisoria neta entre la persona del Mesías y el pueblo mesiánico. 

¿Por qué San Pedro se creyó autorizado a sustituir una profecía clara y directa del Mesías por una alusión no menos clara y directa al pueblo cristiano? Esto es inexplicable si no se le supone informado sobre la íntima y recíproca unión entre Cristo y los fieles, unión que permite sustituir a uno por otros en un pasaje de la Escritura. 

            No puede decirse, si se habla en sentido literal-histórico que Isaías 2, 2 aluda no sólo al Mesías sino también a los fieles. Pero teniendo en cuenta sobre todo, el pasaje de San Pedro (1 Pe 4, 14), sí se puede decir que el sentido literal pleno de Is 2, 2 comprende a todos los fieles cristianos que por su unión con Cristo participan del mismo Espíritu que reside en Él. 

Muy profundo es el significado del cambio de este pasaje donde se anunciaba la posesión del Mesías por el Espíritu. Sabida la importancia que San Pablo otorga al Espíritu Santo en sus elucubraciones sobre el Cuerpo Místico. La comunión del Espíritu es el principal vínculo que liga a los fieles con Cristo; la participación de un mismo Espíritu es el fundamento de la participación en los otros privilegios de nuestra Cabeza, especialmente el privilegio de la resurrección. Se entiende que puede afirmarse que este pasaje de San Pedro supone nuestra íntima unión con Cristo en el mismo Espíritu; esto es, en sustancia, el fundamento del Cuerpo Místico. 

            Si Pedro interpretando el texto de Isaías cuando ya se había revelado en su integridad el plan salvífico de Dios, desentrañó el alcance de aquella profecía antigua: el don del Espíritu no fue privativo del Mesías-Jesús, a Él le fue otorgado en grado eminente para que lo difundiera a su vez sobre todo el pueblo que se había adquirido. 

D) ¿Se puede aplicar a los cristianos toda la serie de Isaías 2, 1-9?

Cabe aún preguntarse si la cita de Isaías en San Pedro justifica también la aplicación a los fieles de la enumeración pormenorizada de los espíritus que son, en el texto profético, como el desentrañamiento de la síntesis “el Espíritu de Yavé”: Espíritu deYavé que es sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, ciencia y temor de Yavé. 

No está claro que San Pedro aplique a los fiels el texto íntegro de Isaías ya que su cita no encierra la serie completa de los “espíritus”. Orígenes y Tertuliano se han negado a admitir que los fieles posean el Espíritu septiforme, pero hay un cúmulo de testimonios patrísticos que hacen la aplicación del número septenario de los “espíritus” a los fieles. Esto no obsta para que se subraye hasta la saciedad que el Espíritu y Su acción múltiple residen en Cristo de un modo eminente, con lo que salvaguarda la debida desproporción entre Cristo y los cristianos; la transcendencia de Jesús es lo que parce haber impedido a estos teólogos la aplicación del texto de Isaías a los fieles. 

            Encuentro bastantes argumentos que ami parece, siguen poniendo a favor de que, aunque San Pedro cite sólo el comienzo del versículo de Isaías, se pueda aplicar también a los fieles, la enumeración múltiple del profeta. Pues era costumbres de los autores judíos iniciar sólo la cita. Además, de hecho, la enumeración pormenorizada tiende únicamente a desentrañar el contenido de la fórmula sintética “El Espíritu de Yavé”. Los Evangelios mismos, cuando intentan demostrar como realizada en Cristo la profecía de Isaías, aluden asimismo únicamente al comienzo del versículo. 

Finalmente, una adición muy antigua que intenta esclarecer el motivo de la cita, escoge precisamente un determinado miembro de la enumeración: “el Espíritu de fortaleza”, que es el que viene mejor en el contexto que habla de las persecuciones. 

Hna. María José pascual
Monasterio Cisterciense de la Santa Cruz
Casarrubios del Monte