miércoles, 26 de septiembre de 2012

SALMO 51



GÉNERO LITERARIO
            El Salmo 51 es un salmo se súplica o lamentación individual. La súplica se pone casi en primer término. El salmista solicita sin rodeos y con notable insistencia el perdón de Dios por el pecado cometido (5, 8), no sin antes haber invocado su misericordia y bondad (v. 3). Está dolorido por los remordimientos, confiesa la irrupción de una grave falta en su vida (v. 5-6) y suplica, no sólo que lo salve sino que también lo purifique renovándole en lo más íntimo de su ser (11-12) después de ver su sincera contrición, y como pago cantará su misericordia con himnos (v. 17) traduciéndolo con un  sacrificio personal (v. 19). La conclusión  amplía el alcance del salmo (v. 20-21).

            Parece que fue redactado en el contexto histórico del exilio o inmediatamente después del retorno de Babilonia, cuando el pueblo tenía muy vivo el sentimiento de que su propia culpabilidad fue la causa de los sufrimientos del destierro. El salmo expresa esos sentimientos del pueblo de Israel que quiere asumir todas las infidelidades de su propia historia para explicarlas; desde el pecado de David con Betsabé, hasta aquellas otras culpas que originaron el destierro y la destrucción de la Ciudad Santa; “Señor líbrame de la sangre” (la que derramó David a causa de los malos deseos); “Señor reconstruye las murallas de Jerusalén” (destruidas a causa de las infidelidades de los reyes de Judá y de su pueblo).

ELEMENTOS INTEGRANTES DE LOS SALMOS DE SÚPLICA

A) Invocación del nombre de Yavé        
            Mediante esta invocación, el salmista establece contacto directo con Dios a quien va dirigida la súplica. Esta simple invocación ya es una verdadera oración. La virtud salvífica de Dios empieza a fluir sobre el alma atribulada. Para un semita, los nombres no son palabras convencionales y vacías, sino que se confunden con la persona. De ahí que el nombre divino se confunde con Dios mismo y está dotado de virtud y  fuerza salvífica. En el salterio frecuentemente se hayan yuxtapuestas estas dos expresiones: “fuerza de Dios” y “nombre de Dios “(Sal 54, 3).

            De ahí, la importancia que también se concede en la Biblia al nombre de Dios: “Nuestra fuerza es el nombre de Yavé” (Sal 124, 8); “Torre inexpugnable es el nombre de Yavé; en ella se refugia el justo” (Prov 18, 10). Los salmistas contraponen la fuerza del nombre de Yavé con la debilidad de las fuerzas humanas: “Estos en sus carros, aquellos en sus caballos; pero nosotros, en el nombre de Yavé somos fuertes” (Sal 20, 8). La fuerza que tenía para el israelita el solo nombre de Yavé se deduce asimismo de la solemnidad con que está rodeada Su revelación en el libro del Éxodo (c. 3).

B) Situación del salmista
            Más o menos extensa y de una forma más o menos clara y explícita, el salmista hace siempre una descripción de la situación en que se encuentra y de la tribulación que le aqueja. Tribulaciones que pueden ser corporales, morales o espirituales. Mediante esta descripción, el salmista conseguía un doble efecto: se desahogaba en la presencia de Dios y mitigaba su dolor (Sab 3, 24; 10. 1); a la vez que también intentaba así tocar el corazón de Dios y disponerlo a favor suyo.

C) Súplica propiamente dicha
            La súplica es la nota más característica de este género de salmos. Es tal la intensidad y la fuerza con que se dirige a Dios, que su súplica aparece en la Biblia como una personificación viviente. Las fórmulas más frecuentes son: “Óyeme Señor, escúchame, mira, sálvame, ayúdame”. A veces la súplica es tan acuciante y urgente, que se dirige a Dios en términos antropomórficos, como si se tratase de un hombre que está dormido: “Despiértate, abre tus oídos, levántate”; o como si Dios estuviese ocupado en otra cosa: “Mira, presta oído a mis palabras, escucha”. O insiste en arrancarle a Dios una respuesta favorable: “Respóndeme con tu auxilio, haz que yo experimente el gozo y la alegría”. Algunos salmos formulan la súplica en términos de gran fuerza dramática: “¿Hasta cuándo Señor? ¿Me olvidarás por siempre? ¿Hasta cuándo me ocultarás tu rostro?”.

D) Motivos de súplica
            Casi siempre la súplica va acompañada de los motivos que el salmista tiene ara esperar la ayuda divina. Con la evocación de estos motivos de confianza, el salmista se propone un doble fin: afianzarse él mismo en la fe y confianza en Dios; urgir y mover la misericordia divina.
            Los principales motivos son:
            -Los atributos divinos: misericordia, bondad, fidelidad, santidad, justicia, omnisciencia. Estos atributos suelen expresarse mediante vocativos: “mi socorro, mi roca, mi fortaleza, mi escudo, mi fuerza”. Otras veces estás formulados en términos más generales: “Escuchas a los que a ti claman; proteges a los que se refugian en ti; liberas al pobre del prepotente”.

            -La confianza del salmista en Dios: Esta confianza está expresada de distintas manera: “a ti me acojo, en ti confío, en ti están puestos mis ojos, espero siempre en el Señor, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

            -Otros motivos de confianza: la penitencia, el ayuno, el llanto, la confesión de los pecados. Todos estos motivos son aducidos con frecuencia por quienes se ven aquejados de alguna dolencia ya que los israelitas consideraban la enfermedad como castigo del pecado. También suelen apoyar sus plegarias en la debilidad y la flaqueza anejas a la naturaleza humana que disminuyen la culpa.

ELEMENTOS ONTEGRANTES Y CARACTERÍSTICAS PROPIAS DE LOS SALMOS DE SÚPLICA INDIVIDUAL QUE SE DAN EN EL SAMO 51

A) Invocación  del nombre de Yavé
            También el salmo 51 comienza invocando a Yavé a la vez que le suplica por el perdón de sus pecados (v. 3-4). La llamada se dirige al atributo de la misericordia y versa directamente sobre los pecados y delitos. Si hay males de otro orden que haya movido al orante a reconocer sus culpas, no se dice en el salmo. En su lenguaje es el pecado mismo lo que se ha erguido en su conciencia como un mal transcendente que rompe su relación con Dios y siente profundamente que nadie sino Dios puede librarle ya que es algo que afecta a su relación don Él. Es este sentimiento profundo y doloroso el que le impulsa a invocar a Dios suplicándole Su perdón.

B) Situación del salmista
            El salmista reconoce y hace confesión directa de su culpa (v. 5-8). Se dice consciente y responsable de ella y está como obsesionado pues se siente en la presencia de Dios  y aunque en su camino estén también los hombres, su pecado es esencialmente contra Dios: Dios es el autor de todo el orden, y su transgresión es ante todo contra Él. Su relación con Él ha sufrido una ruptura y está en estado de conflicto (religioso más que ético). El reconocimiento de su culpa, pone en evidencia impresionante la justicia de Dios: primero por contraste y segundo, al reconocerle la razón al castigar. Si el orante no reconociera sus pecados, la justicia de Dios al castigarle no sería reconocida como tal, pero la confesión, la pone en evidencia. Al reconocerse con tendencia a pecar desde su nacimiento quiere mostrarse  a sí mismo en toda la desnudez de pecador. Al afirmar su condición pecadora, no es para acusar a su madre como culpable ni tampoco  culpa a Dios puesto que se manifiesta consciente que fue Él, el que puso en lo profundo de su ser una exigencia de verdad y una pequeña semilla de sabiduría que es precisamente la conciencia acusadora. Esta es la que le hace descubrir su conflicto con Dios y la que le induce a repararlo. Es una luz de Dios que lo conduce de nuevo a Su encuentro.

C) Súplica propiamente dicha
            Al reconocimiento de la culpa sigue la petición más insistente por el perdón divino. Dios le puede “lavar” y anular sus consecuencias (v. 9-14). La petición es gradual, como si quisiera reproducir todo el proceso de purificación desde el “lavado” externo hasta la alegría interna y la paz completa del perdón. Aunque  Dios limpie sus faltas perdonando su pecado, el salmista conoce por dónde le llevará de nuevo el impulso torcido de su torcido ser. Es necesario que haga de él una criatura nueva, con un espíritu recto, con un corazón puro, con aliento divino: Por eso su petición es que Dios no le deseche de esta condición sino que le renueve para empezar la vida bajo el signo de la liberación.

D) Motivos de súplica
            El salmista siente la certeza de que será escuchada su oración y la expresa en promesas y propósitos (v. 15-19). Dará a conocer a los descarriados los caminos de Dios, publicará Su justicia y cantará Sus alabanzas que son el don más espontáneo del que ha sentido el gozo de la liberación y es también la mejor acción de gracias. Pero es una forma nueva de urgir aun la realización de lo pedido. El orante pide todavía la inmunidad de posibles acciones de pecado, invocando a la vez al Dios de su salvación, pide también el don de la alabanza que es don de ese mismo Dios. Los objetos mejores que el salmista encuentra como acción de gracias no son los sacrificios de animales, sino su propio corazón, contrito y partido en ofrenda. Ningún otro sacrificio puede reemplazarlo adecuadamente.

CRISTIANIZACIÓN Y ACTUALIZACIÓN DEL SALMO 51

            Esta súplica expresad en el salmo 51 es válida para los creyentes de cualquier tiempo y latitud ya que expresa los sentimientos más universales y profundos del corazón humano.

            En él, el cristiano expresa el reconocimiento humilde de su complicidad en la muerte de Jesús, “su culpa, su delito, superado, su maldad” son el repudio por nuestra parte de la presencia de Dios en Cristo y de Cristo en la comunidad eclesial y en cada hombre.

            Somos raza de pecadores: “en pecado nacimos”. Nuestra humillante condición provoca continuas expresiones de pecado, interiores y exteriores, individuales y comunitarias, personales y estructurales. Estamos manchados y manchamos. Nuestro pecado es nuestro ateísmo teórico y práctico, nuestro egoísmo deicida. ¿Quién nos librará de este cuerpo de pecado?

            Invocamos la infinita misericordia de Dios; por ella Dios nos lavará y purificará. Nuestra vida es, gracia a Su inagotable condescendencia, historia de salvación, de purificación. Nuestra existencia culminará en la justificación y purificación total; entonces llegará a su plenitud la nueva creación; hará desbordar la alegría e instaurará el nuevo culto en el que nuestro espíritu y corazón serán el holocausto agradable a Él.

            El cristiano hoy puede y debe rezar este salmo de lirismo trastornador para expresar su contrición, el desgarramiento de su ama; para implorar a su vez, la piedad del Salvador y su propia renovación interior.

Hna. Mª José Pascual
Monasterio  cisterciense de la Sta cruz