jueves, 22 de agosto de 2013

1 APOCALIPSIS: LA IGLESIA EN LA TIERRA (Ap 1,9-3,22)

   

 INTRODUCCIÓN

Las siete lámparas de oro 1,9-20

            San Juan recibe de Jesucristo, que se le aparece en la Isla de Patmos, el encargo de escribir a las siete Iglesias de Asia. La visión viene a ser como la introducción a todo el libro. En este sentido se puede comparar con las visiones de la vocación de Isaías[1], Jeremías[2] y de Ezequiel[3].

            El Apóstol se nos presenta como “hermano” en la fe y como “compañero en la tribulación”, sufrida por la fe; como copartícipe en el “reino” sacerdotal[4] y en la “paciencia” con que soporta la “tribulación” (v. 9). San Juan ha tenido que pasar por grandes pruebas exteriores y persecuciones a causa del Evangelio. Su destierro en la Isla de Patmos era una señal evidente de los sufrimientos que había tenido que soportar.

            Después de la presentación, San Juan comienza inmediatamente la narración de la primera visión. Esta tuvo lugar en el “día del Señor”, es decir, en domingo, día venerado por los cristianos a causa de la resurrección del Señor, que tuvo lugar en tal día[5]. Este texto del Apocalipsis (v. 10) constituye la primera mención expresa del domingo cristiano. Juan fue arrebatado en éxtasis, para que, desligado de la vida de los sentidos, percibiese mejor las cosas divinas. En este estado oye una voz fuerte, como de trompeta, que le intimaba la orden de escribir lo que viese para transmitirlo a las siete iglesias de Asia (v. 11). Las siete ciudades nombradas, unidas por magníficas vías formaban un círculo fácil de recorrer para un mensajero llegado de Patmos a Éfeso.

            Juan, al volverse para ver al que le hablaba, lo primero que contempla son “siete lámparas de oro”. En medio de ellas había “uno semejante a un hijo de hombre” (v. 12-13). Es Jesucristo que se le aparece en sus funciones de juez escatológico, como en Daniel[6]. El autor del Apocalipsis describe las prerrogativas de Cristo simbólicamente; su “túnica talar” lo caracteriza como sacerdote[7] y su “cinturón de oro” designa la dignidad regia del Mesías[8]. Los “cabellos blancos”, como la nieve[9], significan la eternidad del personaje que ve Juan. Los “ojos llameantes” indican la mirada que todo lo penetra y de la que nadie puede huir. Es su ciencia divina[10]. Una majestad aterradora parece como desprenderse de toda su persona: “sus pies” son “como azófar (una aleación de cobre y cinc) incandescente”; “su voz” potente “como el ruido de muchas aguas; su aspecto, resplandeciente” como el sol.

            El vidente de Patmos percibe en la visión que Jesucristo “tenía en su mano derecha”, es decir, en su poder, “siete estrellas”, que representaban las siete iglesias a las cuales se dirige Juan. “De la boca de Cristo sale una espada de dos filos”, que es el símbolo de su autoridad de juez supremo, a cuyos fallos nadie puede resistir (vv. 14-16).

            A la vista de esta aparición, San Juan sufre un desmayo, del que le hace volver Cristo, que le conforta, inspirándole confianza. Las palabras que le dirige Cristo son tranquilizadoras, y se proponen infundirle ánimo. Con este fin, Jesucristo enumera sus títulos y poderes: “Yo soy el primero y el último” (v. 18). Esta designación, tomada probablemente de Isaías 44,6, en donde se aplica a Yavé, es sinónima de la expresión alfa y omega[11]. Dios es siempre el mismo; y por eso Juan no ha de temer, pues Jesucristo es tan misericordioso como cuanto él le conoció en este mundo.

            A continuación Cristo se presenta como resucitado. Y reivindica una triple prerrogativa: en primer lugar afirma su poder sobre la vida (tengo las llaves), “la muerte y el infierno”. Jesucristo es Señor del infierno porque tiene las llaves, es decir, el poder para penetrar en aquel lugar misterioso en donde estaban reunidos los muertos[12]. Y es dueño de la muerte, porque sobre ella ejerce una soberanía. Cuando quiere la puede soltar para que actúe en el mundo y la puede volver a encerrar bajo llave cuando lo estime conveniente. Este poder extraordinario de Cristo ha de servir para tranquilizar a San Juan, y para justificar ante sus ojos y ante los de las siete iglesias el mensaje que va a comunicarle.

            Una segunda prerrogativa de Cristo es la de tener derecho de gobierno sobre las iglesias. Y, finalmente, es dueño de los destinos de esas mismas iglesias y del mundo entero. Estas dos últimas prerrogativas están expresadas en el v. 19, cuando Cristo ordena a Juan escribir para las siete iglesias “tanto lo presente como lo que ha de suceder después”. Las cosas presentes se refieren al estado de las siete iglesias, y las cosas futuras parecen aludir a lo que dirá en el resto del Apocalipsis.

            Las Iglesias están representadas por “siete lámparas” (v. 20), porque participan de la luz de Cristo. El Hijo del Hombre, Cristo vive en medio de ellas (v. 13). Las “siete estrellas” en la mano diestra de Cristo representan los ángeles de las siete iglesias. Según las concepciones judías, entonces vigentes, no sólo el mundo material estaba regido por ángeles[13], sino también las personas y las comunidades. De ahí que San Juan considere cada iglesia regida por un ángel, que era el responsable de su buena conducta. Estos ángeles tutelares eran los “obispos” de las diversas iglesias, que, a su vez, representaban a Cristo ante las comunidades.
Las siete cartas a las siete Iglesias cp. 2-3

            Estos dos capítulos se diferencian claramente del resto del libro. Y, sien embargo, son inseparables de todo el conjunto del Apocalipsis. Porque, de una parte, la mención de los atributos de Jesucristo, al comienzo de cada una de las cartas, está tomada de la visión inaugural[14]; de otra parte, las promesas con que termina cada epístola resultan incomprensibles si no se tiene presente el final del Apocalipsis[15], que da la explicación de símbolos como el “árbol de la vida” y la “nueva Jerusalén”.

            El plan de las cartas es uniforme, y la simetría es casi perfecta. Todas comienzan por “esto dice”, y el que habla es Jesucristo, designado por uno de sus siete atributos: por aquel que dice mayor relación con la condición especial de cada iglesia. Todas terminan por una promesa dirigida al “vencedor”, o sea, a todo cristiano fiel, la cual responde más o menos directamente al atributo proclamado. En el cuerpo de la carta también se observa el mismo orden. Las palabras de Cristo comienzan en todas las cartas por “conozco”, que tiene por complemento la situación de la iglesia, con las amonestaciones oportunas. En todas las cartas se encuentra la expresión “el que tenga oídos”, y a continuación se declara que es el “Espíritu” el que habla a las Iglesias, es decir, el Espíritu Santo que posee Jesús[16]. Este Espíritu aparece aquí como una persona.

            La doctrina de las cartas presenta muchas semejanzas con el resto del Nuevo Testamento, especialmente con los sinópticos, con las epístolas a los Tesalonicenses, Colosenses, con la Epístola de Santiago y la primera de San Pedro. La cristología se presenta ya muy avanzada sobre todo en la afirmación clara de la divinidad de Jesús. El objetivo principal de las promesas -a semejanza del cuarto Evangelio- es la vida de la gracia, la vida eterna del Evangelio, comenzada ya en este mundo y que se completará en la gloria.

            Los motivos que indujeron a San Juan a escribir estas cartas debieron de ser los peligros y errores que comenzaban a introducirse en las comunidades cristianas. Los peligros de las iglesias son más bien interiores que exteriores. La persecución parece que es todavía considerada como algo futuro. Juan conoce perfectamente la historia y la geografía de estas ciudades asiáticas, lo que supone que ya había vivido en ellas.

            Las cartas están dirigidas al ángel de cada iglesia, que debe representar al jefe o al obispo de cada una de ellas. Esto supone que ya existía en todas partes un episcopado monárquico. Aunque el apóstol fuese el obispo de Efeso, esto no impide que San Juan se dirija al jefe de esta iglesia, ya que podía tener un jefe local distinto del apóstol; o, al menos, alguien había tenido que sustituirle durante su destierro.

 CARTAS A LAS SIETE IGLESIAS
Carta a la Iglesia de Éfeso 2,1-7

            Éfeso es nombrada en primer lugar a causa de su importancia y por ser la metrópoli de la provincia proconsular de Asia. La ciudad era muy antigua y la más rica del Asia Menor en aquel tiempo. La iglesia de Éfeso había sido fundada por San Pablo en su tercer viaje apostólico[17].

            Jesucristo es presentado hablando y dictando al vidente de Patmos (v. 1). La orden que le da es que escriba las cosas que le va a decir para comunicárselas al “ángel de la iglesia de Éfeso”. En todas las cartas se repite el mismo mandato con las mismísimas palabras. Sólo cambia el nombre de la ciudad a la cual va dirigida la carta.

            El autor sagrado describe a Cristo con rasgos tomados de Ap 1,13. Se añade, además, el detalle de que se pasea en medio “de las siete lámparas de oro”, como para significar con esa actitud su dominio sobre todas las Iglesias, pues Éfeso era como la metrópoli de todas las demás que ha de nombrar. Jesucristo tiene en su mano y domina a todos los jefes de las iglesias, y es señor absoluto de ellas. El hecho de pasear en medio de ellas significa que vigila constantemente sobre esas comunidades cristianas.

            Jesucristo conoce la vida de la iglesia de Éfeso, de la cual hace un gran elogio. En los “trabajos” sufridos y en las persecuciones padecidas por el nombre de Jesús ha mostrado “paciencia”; “y no ha tolerado” la presencia de “malvados y falsos apóstoles” en su comunidad (vv. 2-3). La Iglesia de Éfeso los ha “probado” y los ha “hallado mentirosos”. Se debe de tratar de los nicolaítas (v. 6) o de otros propagandistas de la semilla gnóstica o también de judíos o judaizantes, que se esforzaban en introducirse y perturbar las comunidades cristianas. El Señor alaba la conducta de la iglesia de Éfeso con estos falsos doctores.

            El hermoso elogio que hace Jesucristo de esta iglesia, tanto en lo referente a su fidelidad doctrinal como en la paciencia manifestada en las persecuciones, supone que la vida cristiana en lo que tiene de más esencial era floreciente en ella. Pero entonces, ¿cómo se entiende el reproche que les dirige: “tengo contra ti que dejaste tu primera caridad”? (v. 4). Ahora bien, la caridad, es la virtud esencial de la vida cristiana[18]. ¿Cómo explicar, pues, esta especie de paradoja? Para entender esto hemos de tener presente que el verbo empleado aquí por San Juan, puede significar “renunciar, abandonar”, pero también “aflojar, descuidar”. Y el reproche que les dirige Cristo parece ser la causa de su negligencia. El aflojamiento de los efesios en la caridad, sin constituir un abandono propiamente dicho de la caridad, es una desobediencia progresiva o una vía de escape de una obligación rigurosa que tienen todos los cristianos de practicar la caridad. Por consiguiente, la iglesia de Éfeso se ha resfriado en el fervor de su caridad primera. San Juan opone la caridad actual de la iglesia a la que tuvo en un principio, es decir, después de la conversión de los efesios. La caridad en aquella época era muy fervorosa. Pero con el tiempo, en lugar de desarrollarla mediante el continuo ejercicio para que diese sus frutos la ha dejado decaer.

            Después Jesucristo exhorta a la iglesia de Éfeso a la reflexión, al arrepentimiento y a la práctica de sus obras primeras de caridad. De lo contrario, el vendrá y “removerá la lámpara de su lugar” (v. 5). La amenaza simbólica podaría ser una alusión a los desplazamientos sucesivos de la ciudad y de su definitiva destrucción. Para otros significaría más bien que la comunidad de Éfeso decaería de su rango, perdiendo la primacía religiosa que entonces tenía en el Asia Menor.

            Sin embargo, la iglesia de Éfeso tiene a su favor el hecho de haber “aborrecido las obras de los nicolaítas” (v. 6). No se sabe con seguridad quiénes eran estos nicolaítas. En la antigüedad ha habido muchos escritores que ligaban equivocadamente esta secta con el diácono Nicolás[19].

            A continuación San Juan trata de atraer la atención de sus lectores para que mediten seriamente en el sentido del mensaje que les acaba de exponer: “el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (v. 7). En los Evangelios, Jesucristo emplea también frecuentemente esta misma expresión[20]. El Espíritu que habla es el Espíritu Santo, inspirador de los profetas. Pero es presentado como el Espíritu de Cristo, porque es el mismo Cristo el que habla[21]. Ese Espíritu conoce perfectamente el corazón de los hombres y sabe valorar sus acciones. Por eso puede corregir con conocimiento de causa. Y al mismo tiempo, como Dios, puede amenazar con castigos o bien ofrecer premios.

            Al Cristiano que haya sido fiel y que, por lo tanto, haya resultado “vencedor” el Señor le dará en premio a comer del árbol de la vida (v. 7)[22]. La vida cristiana es una especie de milicia, pues supone una continua lucha contra todo lo que pueda apartar de Dios. Pero al que venciere, el Señor le dará el don de la inmortalidad. La imagen del árbol de la vida procede del Génesis 2,9, que lo coloca en medio del paraíso, guardado por querubines para que el hombre caído no logre arrebatar su fruto y recobrar la inmortalidad[23]. Sin embargo, el árbol es una pura imagen. El premio prometido es la inmortalidad bienaventurada. El árbol de la vida que estaba en el paraíso terrenal, confería al que lo comía el don de la inmortalidad[24]. Pero por el pecado, el hombre quedó privado del don de la inmortalidad. Ahora Cristo promete a todo cristiano que venciere al pecado el don de la inmortalidad gloriosa en el cielo. Esto es lo que significa “comer del árbol de la vida que está en el paraíso de mi Dios”.

   Carta a la Iglesia de Esmirna 2,8-11

            Esmirna era otra de las grandes ciudades del Asia Menor, situada a 50 kilómetros al Norte de Éfeso. Edificada sobre una grande bahía, disfrutaba de un magnífico puerto. Se distinguió siempre por su fidelidad a Roma en sus luchas contra los Seléucidas, Cartago y Mitrídades. Por eso se le concedió el título de fiel.

            La carta dirigida a la Iglesia de Esmirna es la más breve de todas. Y sólo contiene elogios, lo cual parece indicar que era una comunidad ejemplar. Comienza con el mandato de escribir dirigido al obispo de Esmirna. Jesucristo se describe a sí mismo con los dos epítetos de Ap 1,18: “es el primero y el último, el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida” (v. 8). Cristo se mantuvo siempre fiel a la voluntad del Padre, incluso en el momento terrible de su pasión y muerte. Por este motivo obtuvo la vida. La Iglesia de Esmirna, ha de hacer otro tanto aún cuando se vea sumergida en la tribulación.

            Jesucristo hace un buen elogio de la Iglesia de Esmirna, que ha sufrido mucho, pero que todavía tendrá que sufrir más. En la causa de estos padecimientos tendrán parte los judíos, los cuales no merecen este honroso nombre, sino el de “sinagoga de Satán” (v. 9). Los judíos muy numerosos e intrigantes en Esmirna, como en Efeso, han sido siempre particularmente duros para el cristianismo, como se ve por el martirio de San Policarpo, en el que aparecen ellos como los principales instigadores contra el Santo obispo. La “blasfemia de los que dicen ser judíos y no lo son” debió consistir probablemente en renegar de Jesucristo y de su Iglesia[25]. Por eso mismo no son verdaderos judíos; pues, en realidad, solamente los que creen en Jesucristo son los verdaderos judíos, lo auténticos herederos de los privilegios del pueblo elegido.

            En una ciudad rica, los fieles son pobres en bienes materiales, pero ricos en virtudes y merecimientos ante Dios. La antítesis “riqueza espiritual y pobreza espiritual”[26], es empleada de nuevo, aunque en sentido inverso, en la carta a la iglesia de Laodicea[27]. La comunidad cristiana de Esmirna se encuentra en estado de “tribulación” y de pobreza”, causado probablemente por la persecución de los judíos, auxiliados a su vez por los poderes públicos. Unos y otros se han aprovechado de la ocasión para despojar a los cristianos de sus bienes.

            El Señor anuncia a los esmirnienses -exhortándoles al mismo tiempo a no temer (v. 10)- la persecución que el diablo va a desencadenar contra algunos de la comunidad. El diablo sirviéndose de sinagoga de Satán, arrojará en la cárcel a estos esforzados campeones de Cristo. Pero la “tribulación”, o la prueba permitida por Dios, “durará” solamente “diez días”. Esta expresión designa una corta duración, y es un símbolo de la impotencia de Satanás[28]. Ante la prueba ya próxima, Jesucristo exhorta a los cristianos a mantenerse “fieles” a la fe “hasta la muerte”. La prueba del amor del cristiano es el martirio[29]. La exhortación a mantenerse “fiel” nota que había caracterizado siempre a la ciudad de Esmirna. Al que se haya mantenido firme en medio de la tribulación el Señor promete darle “la corona de la vida”, es decir, la corona de la vida eterna que será el premio que Dios dará a los que hayan perdido la vida terrena por amor de El.

            El Señor termina la carta prometiendo al vencedor que “no sufrirá daño de la segunda muerte” (v. 11). La “segunda muerte”[30] significa la muerte eterna, la pérdida del alma y la privación eterna de Dios en el estanque de fuego. De todo esto se verá libre el cristiano que permanezca fiel a Dios hasta la muerte. El autor sagrado parece contraponer la segunda muerte a la primera, es decir, a la muerte corporal, que algunos esmirnienses iban a sufrir pronto como mártires. Por eso Jesucristo se ha presentado a esta iglesia como el principio y el fin de toda la vida, como el que pasó por la muerte para vivir eternamente.

Carta a la Iglesia de Pérgamo 2,12-17

            Pérgamo, otra de las grandes ciudades del Asia Menor, estaba a unos 70 kilómetros al Norte de Esmirna y a unos 30 del mar. Su grandeza y prosperidad databan del año 282 a. de C., en que fue constituido el reino de los Atálidas, que duró hasta el año 133 a. C. Estaba situada sobre una solitaria colina de unos 300 metros de altura, desde la que dominaba el amplio valle del Caico.

            Después de la invitación a escribir, común a todas las cartas, Jesucristo se presenta empuñando “la espada de dos filos” (v. 12)[31]. El contexto de la carta indica claramente que se trata del poder irresistible de la palabra divina. La palabra de Cristo es penetrante como una aguda espada de dos filos. Los que no sean fieles a la doctrina cristina serán combatidos por el mismo Jesucristo con la espada de su boca (v. 16).

            Cristo alaba la “fe y la fortaleza” de la Iglesia de Pérgamo, porque, aún morando donde está el trono de Satán, ha mantenido firme la fe recibida. Pérgamo podía ser llamada con mucha propiedad “trono de Satán” (v. 13), a causa de sus templos, de los cultos paganos y de su colegio sacerdotal.

            A pesar de la fidelidad demostrada por la Iglesia de Pérgamo, el Señor tiene sus quejas contra ella: “tolera” en su seno “a los que siguen las doctrinas de Balaam y de los nicolaítas (vv. 14-15). El v. 15 parece identificador, los nicolaítas con los secuaces de Balaam. Este famoso adivino fue llamado por Balac, rey de Moab, para que maldijera a los israelitas, que amenazaban su reino. A semejanza de Balaam, hay en la Iglesia de Pérgamo falsos doctores que con sus doctrinas erróneas inducen a los fieles al mal.

            Cristo exhorta a la Iglesia al arrepentimiento y a la corrección. De lo contrario vendrá pronto a ella y peleará contra los corruptores “con la espada de su boca” (v. 16). Esta espada no designa otra cosa que el fallo de su justicia pronunciado por su boca. Cristo, en cuanto juez, condenará con terrible castigo a los falsos doctores que se esfuerzan por seducir a los fieles de Pérgamo.

            Al vencedor en los combates de la fe le promete, en cambio, dos cosas: “el maná escondido y una piedrecita blanca” (v. 17). En el maná hay una clara alusión al Éxodo, durante el cual Dios alimentó a su pueblo con este alimento caído del cielo[32]. El maná, junto con el árbol de la vida[33], vendrán como a formar el alimento de inmortalidad para los elegidos. En el cuarto evangelio el maná es símbolo de la Eucaristía[34].

            La “piedrecita blanca” -el blanco es color de victoria y de alegría- es una imagen tomada probablemente de los billetes de entrada (tessera) a los teatros, a los banqueros, o bien de los talismanes protectores, que solían llevar un nombre mágico grabado. Esta piedrecita blanca dada a los cristianos fieles simboliza el billete para entrar y tomar parte en el banquete celestial, en el reino de los cielos. El “nombre nuevo”, que va escrito[35]. Solamente el que posee ese nombre conoce su sentido, y únicamente será gustado por los fieles que han triunfado. Con esto se quiere poner más de realce, posiblemente, un lazo mucho más íntimo entre Cristo y el alma del cristiano. Será la experiencia íntima y personal que el alma del cristiano tenga de Jesucristo. Sólo aquel que lo sienta podrá darse cuenta de ella: es un “nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe” (v. 17).
                                                                                                                                      
                                                                Hna. Florinda Panizo
                                                        
                                                                CONTINÚA 2


[1] Is 6,1ss.
[2] Jr 1,4ss.
[3] Ez 1,2.
[4] Ap 1,6.
[5] Hch 20,7-8.
[6] Dn 7,13.
[7] Lev 8,13.
[8] Dn 10,5).
[9] Dn 7,9.
[10] Dn 10,6.
[11] Ap 1,8; 22,13.
[12] Is 38,10.
[13] Ap 7,1;14,18; 16,5.
[14] Ap 1,13-18.
[15] Ap 21,22.
[16] Ap 5,6.
[17] Hch 19,10; 20,31.
[18] 1 Co 13,1-13.
[19] Hch 6,5.
[20] Mt 11,15; Mc 4,9.23.
[21] Ap 2,1.
[22] Ap 22,2.
[23] Gn 3,22 ss.
[24] Gn 3,22.24.
[25] Hch 13,45; Ap 13,6.
[26] Lc 12,21; 2 Co 6,10.
[27] Ap 3,17.
[28] Dn 1,12.14.
[29] Fil 2,8; Hb 12,4.
[30] Ap 20,6.
[31] Ap 1,16.
[32] Ex 16,4.
[33] Ap 22,1.
[34] Jn 6,31-32.
[35] Ap 3,12; 19,12.