sábado, 27 de septiembre de 2014

HOMILÍA. Domingo XXVI Tiempo Orfinario



“Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Él contestó: No quiero. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él contestó: Voy, señor. Pero no fue”. El evangelio de san Mateo ha conservado esta curiosa parábola que Jesús dirigió a los responsables del pueblo judío para invitarles a la coherencia. Estos personajes, celosos de su fidelidad a las prácticas religiosas tradicionales, habían perdido la libertad del espíritu para escuchar y atender la llamada de Dios, cuando les invitaba a la conversión.

Para entender correctamente esta parábola conviene prestar atención al comportamiento concreto de cada uno de los dos hermanos. De hecho, cada uno de los dos tiene necesidad de ser perdonado, pues el primero de entrada rehusa, pero después se arrepiente y lleva a cabo lo que le pedían; el segundo acepta la propuesta, pero luego no la lleva a cabo. El primero ha sabido reconocer su equivocación y vuelve sobre sus pasos, aprendiendo a obdecer cimentado en la fe, que es lo que verdaderamente cuenta. No son las convicciones, las ideas, las teorías que podamos formular lo que al final pesará, sino el modo concreto de nuestro hacer y obrar de cada momento. Un popular proverbio castellano resume muy bien esta realidad cuando dice: “Obras son amores y no buenas razones”.

         La parábola va dirigida sobrte todo a los sacerdotes y ancianos responsables espirituales de Israel. Tal como lo dejan entrever los evangelios, la vida espiritual de esos hombres, centrada en una meticulosa y fiel observancia de las prácticas de la Ley mosaica, les daba una tal seguridad, que se había apagado en ellos la vivacidad del espíritu para saber acoger en el momento justo la llamada de Dios. Porque no basta en la vida haber escuchado una vez la palabra de Dios que llama, haber respuesto con ardor y vehemencia un sí rotundo, para dejarse llevar despues por la monótona rutina de cada día, sin sobresaltos ni cambios.

         “Las publicanos (es decir los odiados cobradores de impuestos), y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”. Es fácil imaginar el impacto que estas palabras de Jesús debieron producir en aquellos observantes personajes, cubiertos con sus mantos rituales y sus filacterias, como imponía la tradición. Jesús pone en guardia contra una ciega fidelidad a concretas prácticas religiosas o actitudes espirituales que pueden impedir en el momento justo el gesto radical de la conversión, que comporta descubrir a Dios como un tú con el que puedo dialogar, que puede despertar en nosotros el ansia y el deseo de conocerle y de hacer su voluntad. Jesús invita a los suyos a una relación personal con él y con el Padre, más que a concretas prácticas religiosas, y esta relación entraña un conocimiento de nuestra limitación, por una parte, y por otra la necesidad de dejarnos guiar por Dios. A pesar de que puedan no gustar las actitudes propuestas, Jesús invita a todos a abrazar la humildad y a la obediencia.

         Lo que Jesús propone en el evangelio, lo repite san Pablo desde otra perspectiva en la segunda lectura. Escribiendo a los cristianos de Filipos les invita a mantenerse unánimes y concordes, con un mismo amor y un mismo sentir, para superar las naturales dificultades que podían surgir en el seno de la comunidad local. “No os encerréis en vuestros intereses, les dice, sino buscad todos el interés de los demás”. Humildad y obediencia serían también las consignas de Pablo a sus discípulos, proponiendo el ejemplo personal del mismo Jesús. Utilizando un antiguo himno cristiano presenta a Jesús como el Hijo de Dios, que no duda en velar temporalmente la gloria de su divinidad para tomar la condición de hombre, para comportarse como un hombre cualquiera. Deseoso de cumplir la voluntad del Padre se sometió incluso a la muerte para ser exaltado después de nuevo hasta la gloria del Padre. Pablo recuerda que Jesús con su vida y con su muerte invita a toda la humanidad a la humildad y a la obediencia, entendidas como actitudes fundamentales para una relación personal con Dios y con Jesús, capaz de transformar nuestra existencia para que podamos entrar en el reino de los cielos.

Jorge Gibert Tarruell
Monje cisterciense
Abadía de Santa María de Viaceli
39320 Cóbreces, Cantabria